Sobre mí
Sobre mí
Creo que las servilletas de papel han sido, por costumbre, relegadas exclusivamente a su valor de uso.
Una forma de reivindicarlas consiste en encontrarles usos creativos, porque también los tienen.
Desprendida una parte de sí, ensalivada y lanzada a presión, convertida en objeto de contusión.
Funciona como funcionan las palabras. Mismo principio: se ensalivan y se espetan, dibujando en su trayectoria infinidad de caminos. Algunos, no está de más decirlo, nunca han sido recorridos, ni siquiera por quien habla.
Antes de su lanzamiento, comparten una existencia discreta. Permanecen dobladas sobre sí mismas, a la espera de una ocasión cualquiera. Nadie repara en ellas. Permanecen ahí, al alcance de la mano, como el resto de las cosas sin importancia.
Será por eso quizá, que nos sorprenda que puedan viajar. No lejos, desde luego, pero sí lo suficiente para abandonar ese lugar discreto que les fue asignado.
La trayectoria siempre es un misterio, porque una vez lanzadas hacen espirales, se van de lado, retroceden e incluso desaparecen por momentos.
Algo se sabe de ellas cuando llegan, no mucho, en ese momento, y no es por ellas, ya es difícil entenderlas.
Hay excepciones. Algunas dan siempre en la diana. Han recorrido tantas veces el mismo trayecto que no llevan consigo dudas en su alma. Viajan por caminos conocidos y llegan, puntuales, al lugar que les corresponde.
Otras, en cambio, parecen abandonar toda pretensión de destino. Se dejan llevar por la curiosidad, internándose en territorios poco frecuentados. A medida que avanzan dibujan senderos que antes no existían. No siempre llegan a alguna parte. A veces desaparecen. Pero cuando sobreviven, dejan tras de sí la sospecha de que el mapa no es territorio.
Menuda trivialidad para quien desmerece sus pliegues.
Josué González
Lector, librero y encargado de mantener una librería más o menos en pie.
Escribo sobre libros, ciudades, librerías, memoria y algunas otras cosas que llaman la atención cuando se las mira durante suficiente tiempo.